Mi padre anda en 45º.
Subimos de misa, como cada domingo. Anda, por estandarizar el lenguaje, arrastrando los pies. La mirada en el suelo, pero es incapaz de ver sus pies porque la inclinación de su cuerpo es de 45º. Apoya su cuerpo en mi, sus pequeños brazos, cada vez más pequeños, se sujetan en mis manos.
Llegamos a la puerta de la calle de su casa. Está agotada. Me mira como si no fuera más que el bastón que se usa para apoyarse, como un objeto inanimado, como un apéndice necesario. Estamos los dos mirandonos a los ojos, el sin verme y yo viendo a alguien que fue mi padre.
- Entrem -me dice como siguiente acto lógico.
Me da las llaves, después de rebucarlas infinitamente en el bolsillo del pantalón. Lentamente porque la vida en 45º debe ser difícil.
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