De vez en cuando se detiene, como para examinar cosas que no existen. Se descubre una inclinación a la paciencia, pero también cierta vocación al miedo.
Mientras esperaba el tren que me devolviese a Oporto para dormir y después de ir al baño pase por este pasillo. Me detuve ante él porque así imaginaba (un ateo como yo) la entrada postmortem: un ascensor que sube, otro que baja y una puerta lateral (a pesar de Ratzinger).
Gozaba de la euforia del equilibrista que va añadiendo cada vez más aros al juego sin que se caiga ninguno, y añade un aro más, y otro, y otro...
Pero ¿acaso el miedo del equilibrista no crece también con cada nuevo aro? ¿No sabe que su juego no puede durar eternamente, que por fuerza llegará un momento en que se equivocará, se confundirá y todo se cenfra abajo?¿ O quizá no lo sabe?
Ese día de septiembre llovió en Oporto. Luego el sol golpeó a los adoquines (debajo de los cuales tampoco estaba la playa). Hoy ha llovido en Valencia. Hacia las tres de la tarde ha salido el sol.
De nuevo en Bulgaria, ahora simplemente como un viajero perdido en una ciudad que ya conoce... rememorando recuerdos de un pasado no tan pasado pero que parece muy pasado.
Con una cámara ajena, me he confundido, como un turista más, por esta ciudad que me vio nacer, recorriendo los lugares de toda la vida pero como un extranjero más.
Y sé otra cosa acerca de la felicidad: que es muda. Vasco Pratolini, La constancia de la razón (extraído de Las palabras son tímidas, de Giulia Alberico)