De vez en cuando se detiene, como para examinar cosas que no existen. Se descubre una inclinación a la paciencia, pero también cierta vocación al miedo.
Mientras esperaba el tren que me devolviese a Oporto para dormir y después de ir al baño pase por este pasillo. Me detuve ante él porque así imaginaba (un ateo como yo) la entrada postmortem: un ascensor que sube, otro que baja y una puerta lateral (a pesar de Ratzinger).
Gozaba de la euforia del equilibrista que va añadiendo cada vez más aros al juego sin que se caiga ninguno, y añade un aro más, y otro, y otro...
Pero ¿acaso el miedo del equilibrista no crece también con cada nuevo aro? ¿No sabe que su juego no puede durar eternamente, que por fuerza llegará un momento en que se equivocará, se confundirá y todo se cenfra abajo?¿ O quizá no lo sabe?
Ese día de septiembre llovió en Oporto. Luego el sol golpeó a los adoquines (debajo de los cuales tampoco estaba la playa). Hoy ha llovido en Valencia. Hacia las tres de la tarde ha salido el sol.
De nuevo en Bulgaria, ahora simplemente como un viajero perdido en una ciudad que ya conoce... rememorando recuerdos de un pasado no tan pasado pero que parece muy pasado.
Con una cámara ajena, me he confundido, como un turista más, por esta ciudad que me vio nacer, recorriendo los lugares de toda la vida pero como un extranjero más.
Y sé otra cosa acerca de la felicidad: que es muda. Vasco Pratolini, La constancia de la razón (extraído de Las palabras son tímidas, de Giulia Alberico)
Una puerta de cuatro años se cierra, con un breve y ligero ruido de despedida, sabida, pero no por eso, menos sentida. Ahora me encuentro en la antesala con una nueva puerta delante. En una de las paredes, una gran ventana. Antes del siguiente paso, miro por ella para ver como los cuatro años se me han colado entre mis rendijas.
Una gran ventana que me abre al mundo. Una casa en la que he pasado miedo, terror, alegrías y tristezas, mucho frio y algo de calor, con una plaga de cucarachas, lavadoras (a cual más vieja) que charlaban tranquilamente con la nevera, y mucho silencio, mucho.
Una gran ventana abierta a Bulgaria, en esta ciudad de provincias, inicio de muchas carreteras, agujeradas, con destinos tan diversos como el norte, el sur, el este y el oeste… Un país, mil ciudades.
Una gran ventana desde la que casi oigo el colegio, el ronroneo somnoliento de las siete y media de la mañana, el griterío de las diez y cinco, el cansancio de las dos de la tarde.
Una gran ventana en la que se oye búlgaro pero también español (mea culpa, también), en mayor o menor medida, con el trinar de los coches desaparcando, la voz de los vendedores incansables del mercado, y silencio, mucho silencio.
Dejo de mirar para dar el siguiente paso y el siguiente hacia la puerta en la que me esperan, alegre, en este final de junio, desde aquel noviembre lejano. Al tercer paso oigo voces. Desando lo andado para ver los rostros tristes, incluso llorosos de algunos, con la sempiterna sonrisa de otros, los más lejanos hablando sin yo poder oírlos, los movimientos exagerados de los de siempre, incluso, aquellos que no me soportan, se les ve algo extraño en los ojos. Una sonrisa de uno de ellos me hace continuar
- Gracias –les (os) digo.
Debo continuar, me esperan detrás de la puerta. Mientras ando los pocos metros que me separan de la puerta se oyen, en hilo musical del pasillo, estas dos canciones, a la vez, mezclándose ritmos y voces, en un caos organizado de tristeza.
domingo, 26 de junio de 2011
-después nuestras mitades separadas llegarán a ser museos repletos de memorias bien colmadas.
Me lo contó ella. Cada vez que giraba levemente la cabeza hacia el lado izquierdo, lo veía, sólo brevemente, porque volvía a colocar la cabeza en la misma postura erguida, temiendo que le sucediese lo mismo que a Yrit. Sin embargo, siempre le podía la curiosidad y todos los días, sin faltar uno, giraba levemente la cabeza hacia el lado izquierdo. Me lo contó ella el mismo instante en que yo buscaba, detras suyo, el rostro del miedo sin verlo. Ella volvió a girar levemente la cabeza hacia el lado izquierdo. Todavía no sé si se ha ido, pero ella sigue girando levemente la cabeza hacia el lado izquierdo y ha dejado de comer con sal, alegando nosequé problema de hipertensión.
Sábado, 25 de junio de 2011. Un despertar más en esta cama de hospital, vacío ya, con las maletas a punto, esperando sólo ya que el médico me dé el alta definitiva.
Un verso a los pies de la cama, toda la noche, me recuerda otras camas, otros tiempos (pasados y futuros) donde decir buenos días se convierte en un acto poético en sí mismo.
Te estoy acompañando. Despiértate. Es de día. (Claudio Rodríguez)
- Sé feliz, mi querido Víctor -contestó Elizabeth-; espero que no haya nada que te aflija, y ten la seguridad de que si mi rostro no refleja una animada alegría, mi corazón está gozoso. Algo me dice que no confíe demasiado en el futuro que se abre ante nosotros, pero no escucharé esos susurros sinisestros (...) ¡Qué día divino! ¡Qué feliz y serena parece toda la naturaleza.
Para quien tiene tanto miedo, tanta incertidumbre, tanta felicidad, tanta certidumbre.
El calendario llega a su fin, por fin. El miedo no me paraliza y la vida hay que tomársela como viene, porque siempre viene, más o menos torcida, pero viene. Mañana, quien dice mañana dice en siete días, dormiré en mi cama (¿dónde he dormido hasta ahora? se preguntarán los más curiosos). Y en el futuro, asumo que en los recovecos de mi cuerpo, como dicen por ahí esos poetrastos tristones, puede aparecer un amanecer triste... pero eso es futurología (ciencia inexacta como pocas).
Como en en el anuncio FLEX, hoy me siento surrealísticamente feliz.
Aunque estaba despierto, tenía la sensación de moverme en un espacio onírico, pues la realidad, al menos la realidad periférica, gozaba de la elasticidad de los sueños.
Una imagen vale más que mil palabras, dice la sabiduría popular. Sin embargo, el problema de las imágenes es cuando se pixelan en la memoria y entonces sólo queda el consuelo de las palabras.
Padezco de sueño infinito como si sufriese el síndrome de Gelineau y mis despertadores se alíasen con los sueños para mantenerme en una nebulosa fronteriza entre la inconsciencia y la realidad.
Buenas noches, una vez más, en este dieciséis de junio de 2011.